Me mirabas con esos ojitos, y era capaz de verme la sonrisa reflejada en ellos.
Me tocabas con esas manos, y era capaz fundirme en ti, contigo.
Me hablabas con esa voz, entre susurros, entre gemidos, y era capaz de encerrarme en una habitación contigo durante días.
Me conocías tanto, que a veces incluso parecías yo.
Todas mis manías, como cuando me mordía el labio mientras sonreía y tú me susurrabas eso de 'como vuelvas a hacerlo te empotro contra la pared".
Mi miedo a los pasillos, a dormir destapada, a comer delante de la gente, a quedarme sola, a perderme en el metro, a perderte a ti.
Sabías que odiaba eso del desayuno, pero que me encantaba cuando me lo traias a la cama y no me dejabas salir de ella hasta que me lo acabase.
Menudo problema, ¿eh? Tú y yo, todo el día en la cama, con el cerrojo echado y sin nadie que pudiera interrumpirnos.
Sabías que odiaba ir sola hasta casa, y por eso me acompañabas hasta la puerta.
¿Y la de veces que hemos acabado borrachos en la parte de atrás del bus? Ese que nos llevaba a tu casa, ese en el que parecíamos hasta felices, ese en el que nos hemos dado los besos con más ganas, ese... ese que hace poco me ha visto yendo sola, mirando por la ventana, llorando, recordándonos, recordándote, esperándote.
Ahora suelo ir a nuestro banco, y ver como ya hay otros que se han vuelto a regalar los oídos allí.
Sinceramente no parecen ni la mitad de feliz que pudimos llegar a ser nosotros.
Odio escribirte, eso también lo sabías, pero mírame estos dos ojitos aún te recuerdan, y por lo visto no es tan fácil sacarte de aquí dentro.

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